“El Huesca ha sido el de siempre“, dijo Aguilera tras el partido. Y razón no le falta, en absoluto. Se desarrolló con la identidad que le caracteriza, y que el rival se aproveche de un fallo propiciado por ello, no es un error. Es la mejor de las noticias. Un Almería que situado en un bloque bajo en un claro 4-4-2 se adelantase al birlarle la cartera a Sastre no debe crear duda alguna sobre cómo es, quiere e incluso debe jugar este Huesca. No existió desatención defensiva, que eso sí es un problema cuando sucede.
Porque todas las demás situaciones en salida de balón las solventó con completas garantías, incluso cuando los de Lucas Alcaraz amenazaban con presionar y dificultarla. Un conjunto, el almeriense, que encontró en esa oportunidad su premio y que solo pudo correr una vez; solo gozó de un contragolpe que terminó fructificando (antes de su 0-1), aunque previo resbalón de Jair.

Los azulgranas, sobre su característico y recuperado 4-3-3, con Melero ofreciéndole salida a Jair y Sastre haciendo lo propio con Pulido, siempre sin perder de vista el apoyo, en corto o alejado, de Aguilera, ofrecieron una de sus mejores versiones. Fueron ellos mismos, superiores al contrario, pacientes con el cuero, acumulando hasta un 77% de una posesión con altura, de las que llevan al triunfo, construyendo desde atrás y manejándose en campo contrario. Y es que tan solo la pareja de centrales mantenía la posición.


Un Huesca reconocible y muy dinámico, sobre todo Ferreiro, que le ofreció a los suyos la posibilidad de superar en el costado derecho. En un 63% de las ocasiones atacó el Huesca por derecha, mientras que en la segunda mitad se equiparó (41% por derecha y 38% por izquierda), siendo la zona central la menos transitada. Sastre actuó como lateral derecho tras la lesión de Rulo, pasando Alexander a la izquierda y, en esta ocasión, quedando Ferreiro más fijo en su banda, por delante del venezolano.

Superado el primer tramo del segundo acto, el bloque del Almería subió metros y ahí pretendió de forma más clara dificultar la salida de balón de los de Rubi, haciéndose más largo y ensanchando el terreno, algo que el Huesca podía aprovechar encontrando los espacios interiores. Y por ello se fue a aumentar la renta. Pero no por descontrol o desasosiego, sino porque responde a esa identidad: ofensiva, sin necesidad de parapetarse e intuyendo que, por aquella toma de decisión de los visitantes, podía hacerlo.
Y solo los contratiempos lo detuvieron. No fue nada más. Ni ansiedad, ni nerviosismo, ni precipitación. Sin Pulido, en inferioridad, el cuadro oscense tuvo que reinventarse de nuevo, como le ocurrirá en Reus. Iñigo formó junto a Jair en la zaga, Ferreiro pasó a la derecha y Moi Gómez fue desplazado a la izquierda, para que terminasen siendo Aguilera y Luso los mediocentros cuando ‘Chimy’ abandonó el verde, y Melero quedó como el hombre más adelantado hasta que tampoco él terminó el partido.

En un choque ya totalmente abierto con un Almería que por todo lo que le estaba pasando al Huesca pareció ir decidido a por él, a los nueve azulgranas les fue demasiado complicado manejar el cuero para protegerse. Sin embargo, no fue eso lo que trajo el empate, sino solamente el puntual desacierto de Iñigo. Los de Rubi no sufrieron ni vieron peligrar el marcador como consecuencia del juego del rival, sino por perder efectivos y por encontrarse en ese punto en el que cualquier mínimo desliz que padecen resulta una total desgracia.