ZARAGOZA | Desde lo más profundo de la selva papú hasta los 4.884 metros del cielo: José Manresa lo ha vuelto a hacer. El montañero aragonés y zaragocista de corazón ha alcanzado su quinta cumbre del mítico reto de las Siete Cumbres –las montañas más altas de cada uno de los siete continentes (dividiendo a America en sur y norte)- coronando la Pirámide de Carstensz (Puncak Jaya) en Oceanía. Un pico escarpado, remoto y envuelto en conflictos políticos, donde solo los más decididos logran plantarse en su cima. Y allí, una vez más, ondeó con orgullo la bandera del Real Zaragoza firmada por los jugadores.
“Yo llevo la bandera del Zaragoza a todos los picos que creo que merecen su grandeza”, cuenta José, que también ha portado el escudo en lugares como el Elbrus, el Denali o el Chimborazo. “En fútbol, para mí, no hay más. No veo otros partidos que los del Zaragoza. Es mi club. Me hace sentir cosas que ni la selección me hace sentir”.
No obstante, esta nueva expedición estuvo a punto de no celebrarse. Tras meses de preparación, en noviembre y a una semana antes de volar a Indonesia, el permiso fue cancelado. “Nos comunicaron que nos lo retiraban porque se había matado al piloto de uno de los helicópteros de aproximación y quemado el aparato. Allí hay un conflicto por la independencia: Papua está dividida en dos, una parte es estado independiente y la otra pertenece a Indonesia. Y justo donde está la Pirámide de Carstensz, hay una de las minas de oro más grandes del mundo. No lo quieren soltar”.

Finalmente pudieron ir a finales de febrero, aunque tuvieron otro traspiés. Y es que, durante años, los montañeros accedían al campo base tras un largo trekking por la selva que duraba cerca de una semana. Sin embargo, los secuestros y ataques a expediciones forzaron un cambio radical: ahora solo se puede llegar en helicóptero. Eso, además del coste, complica mucho más el ascenso. “Subes desde casi el nivel del mar hasta más de 4.200 metros en apenas 45 minutos. La aclimatación es nula. A mí me da insomnio total, pérdida de apetito, deshidratación, fatiga…”.
Pese a todo, José y su mujer Rosana volaron a Timika, el último punto habitable antes del campo base. Allí comenzó una nueva odisea. “El tipo que nos gestionaba los permisos no apareció. Nos alojó en un hotel sin ventanas. Nos iba dando largas por WhatsApp. Al final, gracias a un compañero del grupo que tenía contactos, encontramos a una mujer de allí que lo organizó todo en un día. Una maravilla”.
Divididos en dos grupos —seis personas en total— subieron al campo base en helicóptero. Pero el mal tiempo apremiaba. “Perdimos tres días por los problemas con el permiso. Y el día que llegamos, como el cielo no estaba muy cerrado, decidimos intentar cima esa misma noche, sin aclimatar”. Así, a las dos de la madrugada, con la lluvia calando el terreno y la roca húmeda, comenzaron el ascenso. “A los 100 metros ya nos caían piedras continuamente. Era como escalar en una escombrera. Pero la roca tenía muy buena adherencia”. Tras varias chimeneas, llegaron a un escalón antes de la cresta.
“Los guías empezaron a gesticular. Nos decían que bajáramos. Que si seguíamos, moriríamos de hipotermia. Que el parte era malísimo. No parecía muy duro, de hecho, yo iba sin guantes y nos quedaban solo 60 metros hasta la cresta…”. Rosana, que iba algo más atrás, se convenció de que lo decían por ella y decidió bajar. “Intenté convencerla, pero no sirvió de nada. Bajó con el guía de atrás. Me dio mucha rabia, porque estaba fuerte. Podría haber hecho cima”. De esta forma, José, enfadado, tiró hacia arriba. En cinco minutos alcanzó al resto del grupo, que discutía con el guía principal. “Decía que quedaban tres horas, pero era imposible… si se veía la cima. Echamos a andar y al final el guía vino detrás, enfadado”, cuenta Manresa con risa nerviosa.

Una cima inaccesible, una bandera imbatible
La última parte de la escalada es tan espectacular como peligrosa. Tres brechas, cada una superada de forma distinta. “La primera la pasamos por un puente mono, con dos cuerdas para las manos y una para los pies. Luego las otras dos, que eran más complicadas, pero las superamos bien. En menos de una hora hicimos cima”, relata emocionado el escalador aragonés.
Allí, a 4.884 metros sobre el nivel del mar, Manresa volvió a desplegar el escudo que lleva con tanto orgullo. La bandera del Real Zaragoza volvía a coronar una de las cimas más inaccesibles del planeta. “A la una del mediodía ya estábamos abajo, y no empezó a llover hasta las cinco y media. Hubiéramos tenido tiempo de sobra para hacer cima los dos. Me queda ese duelo de no poder haber subido con mi mujer”.
Al día siguiente, la expedición estaba lista para regresar. Pero el mal tiempo canceló los vuelos. Durante tres días más, atrapados en el campamento, durmieron con filtraciones en las tiendas, colchonetas mojadas y plumas de saco inservibles. “Era hacer equilibrios para no caerte del saco. Si se moja, se queda como papel. Cada mañana amanecíamos con agua dentro de la tienda”, rememora.
No obstante, finalmente, José y su grupo pudieron bajar y emprender la vuelta hacia España. “Nos sacaron justo antes de coger el avión, y menos mal que la señora se portó, porque ella nos llevó al aeropuerto toda la ropa que no era de montaña, nos cogió un coche y nos alquiló una habitación del hotel para que nos ducháramos. Todo bueno lo que no fue el otro guía lo fue ella”, recuerda.

El Everest y el Vinson como horizonte
Tras coronar el Kilimanjaro, el Elbrus, el Aconcagua, el Denali y ahora la Pirámide de Carstensz, a José solo le quedan dos cumbres para completar el reto de las siete: el Vinson en la Antártida (4.892 metros) y el Everest en el Himalaya (8.848). Sin embargo, antes de pensar en nuevos retos, saborea lo conseguido: “El mejor recuerdo lo tengo del Kilimanjaro, porque estuvimos los cuatro amigos en la cumbre. Además fue el primero de los siete. Lo preparamos durante un año. Llegamos cansados, pero fue muy bonito encontrarnos arriba”.
Ahora, con cinco cumbres de las llamadas Seven Summits a la espalda, José se plantea cerrar el círculo. “No sé si lo conseguiré, pero lo voy a intentar. Quiero buscar patrocinadores. Tengo artritis reumatoide desde los 45 años. Me dejó dos años inmovilizado, hasta me tenían que vestir. Quizá eso pueda ayudar a visibilizarlo. No tengo ni idea, pero voy a intentarlo, quizá sea más accesible el Vinson. He escalado varias más altas”.

El Real Zaragoza siempre presente
Y aunque el cuerpo lo lleve a la montaña, el corazón siempre está en La Romareda. “La moral del equipo está muy baja, como no puede ser de otra forma. Pero creo que Gabi está sabiendo manejarlo, incluso asumiendo culpas. Es un líder. Ojalá nos salvemos, aunque sea en el último partido”, expresa José, al que su pasión, como la de muchos zaragocistas, fue transmitida de padre a hijo. “Mi padre me inculcó el amor a lo nuestro, con respeto hacia los demás. Me dijo que si me gustaba el fútbol, el Real Zaragoza debía ser mi equipo”.
Respecto a la historia que hay detrás de su mítica bandera, Manresa explica que todo vino gracias a su hermana y Dani Lasure, quienes se conocieron en la cámara hiperbárica del Hospital Militar. “Tenían que pasar en la cámara media hora y también había otros jugadores del Real Zaragoza. Se lo dije y me comentó que se lo diría a Dani, que era muy majo. Se la llevó mi hermana al día siguiente y nos la firmaron todos. Eso me hizo muchísima ilusión”. Tanta ilusión, que ese estandarte ya ha recorrido prácticamente el globo entero y ha atravesado lugares recónditos a los que muy pocos se atreverían a entrar.

Recordando viejas anécdotas, José todavía no puede olvidar que pudo haber viajado a París para celebrar la Recopa con el mítico gol de Nayim al Arsenal desde su casa, pero tras el viaje y derrota en la final Copa del Rey (1992/93) ante el Real Madrid (2-0) en el Estadio Luis Casanova (actual Mestalla), no quería volver a sufrir otro viaje de vuelta tan duro. Ahora, arrepentido, recuerda el momento: “Íbamos a viajar a París para la final de la Recopa ante el Arsenal, pero no fuimos porque me eché atrás. Cuando perdimos la Copa con el Madrid, volví hecho polvo. Dormí dos horas y tuve que ir a trabajar. Me daba miedo volver derrotado de París”.
La montaña es su pasión. El Real Zaragoza, su vida. Y mientras quede un pico por escalar, la bandera del león seguirá buscando su sitio en el cielo.