ZARAGOZA | El Real Zaragoza perdió ante el Elche en el descuento, en una jugada que fue el fiel reflejo de sus miedos. También la demostración que cuando te conformas con poco, necesitas poco también para perderlo. La entrada de Jair Amador fue un mensaje a la plantilla, la prueba de un conformismo que ya había quedado patente antes. Firmaba el empate el Zaragoza, en lo que siempre pareció el paso previo a una derrota. En la acción, falló todo el engranaje defensivo y el Elche descubrió una grieta definitiva.
Dituro armó el último ataque con un saque en largo. En el inicio de la acción ya hubo un error de concepto. La línea defensiva se hundió en exceso y no acompañó la media. Toni Moya desprotegió su zona y acudió a un lugar que no era el suyo. Alberto Marí, que podía haber sido el relevo, llegó a trote a la caída. Allí había ganado el balón Sory Kaba, ante un Calero tibio, sin maldad en una disputa clave. En un partido en el que cada metro era una conquista, Mendoza encontró tiempo y espacio para pensar en el momento clave. Pudo tomarse un café en la frontal, ante el repliegue perezoso de Alberto Marí, sin oposición de nadie en la acción indirecta.
Mendoza, fino e inteligente, encontró el espacio en el lugar más débil de una línea de tres centrales. El intervalo entre el carrilero y el central de fuera. Jair, que había salido para defender el área, perdió las referencias en ese lugar. Rashani no falló ante Poussin, que se quedó a medio camino entre el salto y la salida. Llegó el gol que lo cambió todo, la imagen que estropeó todo el partido. La acción fue la repetición de una pesadilla, de un bucle infinito. Marcó el Elche y el Zaragoza perdió entonces su única obra del partido: una empalizada que se derrumbó en la última jugada. En ataque, no mostró constantes vitales. A partir del minuto 70, su paso atrás fue una condena. Ramírez se aferró como una conquista a un simple empate y perdió porque el fútbol suele premiar a los valientes y castiga a los cobardes.